Una vez conté todas las estrellas,
los ancianos que subían al autobús,
las líneas discontinuas de la avenida principal
y hasta las hojas que dejaba el otoño en el suelo.
Conté las gotas de lluvia que mojaban las ventanas,
los borrachos a las 5 de la mañana,
el vaivén del color de los semáforos,
conté hasta los minutos que tarda en salir la luna.
Me convencí de que contando
dejaría de contar contigo.
Qué gilipollez.
Pasé de contar los besos
que podríamos darnos en una hora
a contar las mil veces
que podría olvidarte
una tras otra
sin parar.

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