Si dibujo mi vida en línea recta a mano alzada,
estos meses serían las salientes más torcidas.
Una pausa en mi disco favorito,
La sobremesa después del postre,
un coma inducido por el aleteo de una mariposa,
(al fin y al cabo, nunca deja de ser un gusano).
Trescientos treinta y tantos días después del choque he resucitado,
he despertado sin mirar debajo de la cama
esperando encontrar los monstruos,
esperándote a mi espalda diciéndome que has regresado,
porque será que después de ti
llega la paz.
He vomitado cada una de las noches que tragué techo por ti,
he guardado las lágrimas en frascos;
están en la despensa.
Subí al tejado para saltar al vacío;
salté.
Volé,
se abrieron las alas,
se despegaron de mi cuerpo
como cuando arrancaste un trozo de mi vida
y te lo llevaste.
Dolió,
porque lo mejor de la vida siempre duele.
Volé en dirección opuesta al viento,
volé tan lejos que no recuerdo de dónde vengo.
Pero sí quién soy.
Soy yo,
he vuelto.
Soy mi vida,
mis sonrisas,
la resurrección de tu cementerio de olvidos.
